Tu Mundo
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DAVID GISTAU
Es raro que alguien se despierte por la mañana y sienta ganas de ser sociedad civil. A este cronista le ha ocurrido solamente dos veces en la vida: el 11 de marzo de 2004 y el 12 de julio de 1997.
El asesinato de Miguel Ángel Blanco, con el país entero clavado ante el televisor como si Armstrong fuera a caminar por la Luna, fue el primer acontecimiento de la vida pública por el que uno se sintió transformado. Una epifanía, si quieren. Antes de esa fecha espantosa, nada de lo que había ocurrido a mi alrededor me había obligado a revisar ciertas resoluciones misántropas, esteparias, las típicas que confluyen en el esnob que se prohíbe a sí mismo sentir o pensar lo mismo que su sociedad. Hasta fui a la manifestación.
Aquella bofetada despertó una conciencia comunitaria -la de las manos blancas, perdonadme- que tampoco conservó el arrojo durante mucho tiempo. En ese sentido, no soy sino una coincidencia generacional. Pensado en frío, lo asombroso es que sólo a raíz de aquel crimen fuéramos capaces de levantarnos por la mañana con vocación de sociedad civil. Porque ETA había dado motivos mucho antes, empezando por la crueldad repugnante del atentado de Irene Villa, esa mujer que sigue representando el triunfo de la vida sobre la maldad. Los cristales de mi casa temblaron con la bomba de República Dominicana, luego vi un cuerpo tapado en el paso elevado de López de Hoyos, pero eran hombres de uniforme, tragedias siempre matizadas por diversas perversiones intelectuales y por la cobardía en general.
En cualquier caso, Ermua nos atornilló a ciertas certezas sencillas que impulsaron el advenimiento de nuestra conciencia. Casi las añoro. Porque ahora, disuelto aquel impulso colectivo, intoxicados por los muñidores de la falsa paz, hemos alcanzado un momento tan confuso que el periodismo de progreso y ETA coinciden en su visión de las cosas y hasta en la elección de los adjetivos. Ambos llaman «vengativas» a las víctimas que aún creen en esa estúpida convención que nos dimos entonces, la justicia.
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