Tu Mundo
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FRANCISCO VÁZQUEZ
Siempre me ha sorprendido el afán existente en amplios sectores del autollamado progresismo español en desacreditar la imagen de Benedicto XVI, presentándolo como un integrista impulsor de un retroceso reaccionario en el pensamiento y en la acción de la Iglesia Católica. Nada más lejos de la realidad, y si para algo han servido estos días tan intensos emocional y espiritualmente como los vividos en Madrid, ha sido precisamente para lo contrario, ya que al escuchar las palabras de este venerable anciano de gesto a la vez dulce y tímido acompañado con una mirada viva y un punto pícara, millones de españoles han podido comprobar la profundidad de su pensamiento expuesto siempre desde el respeto y la tolerancia hacia las ideas de los demás, pero firme en la defensa de los valores irrenunciables de la fe católica, razón que lo convierte en una persona incómoda y explica el encono con el que se le ataca, dado que el liderazgo espiritual e intelectual del actual Pontífice constituye el principal escollo para la universal aceptación del relativismo imperante en nuestra sociedad, donde el «todo vale» se ha convertido en el valor dominante.
Las jornadas de Madrid han puesto en evidencia la capacidad de convocatoria del Papa y de la Iglesia Católica, capaces de reunir a centenares de miles de jóvenes venidos de todos los rincones del mundo, consecuentes con su fe e identificados con el mensaje de su Pastor, que una vez más los ha invitado a la búsqueda de la verdad como único camino capaz de dar contenido a sus vidas.
Lo cierto es que, pese a quien le pese, en el mundo que nos toca vivir ningún líder ni ninguna ideología son capaces de reunir en un acto de la naturaleza que sea, incluso festiva o deportiva, a una cantidad tan ingente de personas como la de los asistentes a la Jornada Mundial de la Juventud.
No hay más sordo que el que no quiere oír, ni más ciego que el que no quiere ver, aunque a lo acaecido en Madrid yo añadiría que no hay más necio que el que no quiera comprender o, lo que es peor, que su ignorancia o su intolerancia lo incapacite para entender, porque de todo hay en la viña del Señor.
La conclusión más inmediata de esta insólita afluencia de personas es la evidencia de la dramática orfandad de referentes y de modelos que sufre la sociedad actual, así como la carencia total de líderes capaces de insuflar esperanza a las gentes en un momento tan crítico de la Historia. En el breve plazo de dos décadas, las que van desde 1990 a 2010, el mundo ha contemplado cómo prácticamente desaparecían los dos sistemas alternativos que pugnaban por imponer su modelo en la organización de los pueblos y en la vida de las personas.
Primero fue la caída del Muro de Berlín y a continuación vino la caída del otro muro, el de Wall Street, dejando a la sociedad sin el imprescindible contraste de alternativas, debate que es el que permite a los hombres decidir sobre cuáles deben ser las normas que regulen su convivencia.
Benedicto XVI es consciente de que, después del vacío producido tras la caída del comunismo y de la crisis irreversible del sistema capitalista, tan sólo la Iglesia es capaz hoy de dar respuestas a las demandas urgentes de principios y valores que regulen la vida de las personas. Como el gran intelectual que es, en su pontificado intenta evitar el gran error que en su día cometió la Iglesia al no entender la profunda transformación que representó la Ilustración. Con su inmovilismo de entonces, la Iglesia quedó al margen del proceso de modernidad surgido de la Revolución Francesa y, preocupada por la pérdida de sus poderes temporales, entró en abierta confrontación con las dos ideologías dominantes hasta hoy surgidas de la caída del Antiguo Régimen, como son el liberalismo y el socialismo, confrontación que la hizo incapaz de entender en muchos aspectos la revolución científica que la libertad de pensamiento impulsó en prácticamente todos los campos del saber.
De ahí la apelación constante de Joseph Ratzinger a buscar la confluencia entre la fe y la razón, tarea a la que ha dedicado gran parte de su producción intelectual, situando al cristianismo como pilar básico de la identidad histórica, cultural y moral de nuestra civilización. Ello hace que el liderazgo universal del actual Papa nazca en gran medida de su talla intelectual, que le permite, sin abandonar la defensa de los principios irrenunciables de la fe cristiana, pedir el respeto y la tolerancia para la conciencia de todos aquellos que se declaran católicos.
El Papa sabe que en este mundo desnortado la Iglesia puede ofrecer respuesta y orientación a muchas de las demandas de la sociedad de hoy, y que sobre todo para los más jóvenes puede llenar de contenido el vacío de pensamiento que la actual crisis representa. A través de estos jóvenes el Papa le ha hablado al mundo desde Madrid estos cuatro días, desarrollando una catequesis profunda e intensa en la que, ante auditorios muy diversos, ha desgranado su pensamiento centrado en un único hilo conductor que no es otro que su permanente invitación a los jóvenes a buscar la verdad, animándolos a abrirse a la amplitud de la razón, sin miedo a las respuestas que puedan hallar, lo que constituye un auténtico tratado de tolerancia.
La Iglesia de Benedicto XVI ni quiere imponer sus ideas ni busca situaciones de privilegio, sino que al contrario acepta el encuentro y la colaboración con las corrientes laicas con base en unas raíces comunes en las que nadie puede negar que el cristianismo ocupa un lugar preeminente, especialmente en España, donde nuestra Historia y nuestra singularidad como pueblo no se pueden comprender sin la aportación de la Iglesia Católica, cuya realidad e influencia hemos podido constatar estos días en Madrid y que tanto les cuesta reconocer a quienes están empeñados en ignorar la vital importancia que el hecho religioso tiene en nuestra cultura.
Una vez más se ha demostrado que son vanos los intentos de reducir la religión al ámbito de la intimidad privada. Los valores de la fe son principios compartidos por millones de personas y determinan la posición de los católicos ante los problemas políticos, sociales y económicos de su entorno. Por ello, es urgente la necesidad de tender puentes que eviten rupturas como las que en el pasado trajeron consecuencias tan nefastas para nuestra convivencia.
Francisco Vázquez fue embajador de España cerca de la Santa Sede.
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